Descubre Limpias
El Cristo de la Agonía
Todo empezó con una talla llegada desde Cádiz, comprada por un vecino de Limpias que hizo fortuna en el sur y quiso que presidiera el retablo de la iglesia de su pueblo natal. Durante generaciones fue solo eso, una imagen venerada como tantas otras. Pero en 1919 los testimonios empezaron a multiplicarse: fieles que juraban ver los ojos del Cristo abrirse y cerrarse, el rostro palidecer, gotas de sudor y de sangre resbalando por la madera. No se encontró mecanismo que lo explicara y la noticia corrió como la pólvora. Obispos, cardenales y arzobispos llegados de México, Perú y Cuba se acercaron a comprobarlo con sus propios ojos, y los peregrinos empezaron a llegar en tal número que, según se cuenta, llegaron a superar a los que recibía el santuario de Lourdes. Hoy el fenómeno sigue vivo: en el bajo coro de la iglesia hay una pequeña colección de tallas y retablos que hace de museo, y frente al Cristo siempre hay alguien esperando, en silencio, algo que solo esa persona sabe nombrar.
Puerto fluvial y casonas indianas
Antes de ser conocida por su Cristo, Limpias ya vivía del agua. La ría que forma el río Asón al acercarse al mar convirtió al pueblo en un puerto fluvial de peso: hacia el interior de Castilla viajaba el pescado en salazón, y de vuelta llegaba el grano de trigo que alimentaba la costa. Ese comercio trajo dinero, pero el que de verdad transformó el pueblo llegó por otro camino, el de los indianos que emigraron a América y volvieron con fortunas hechas fuera. Se les nota en cada esquina del casco urbano: casas con balconadas de forja, escudos de piedra tallados sobre los portones, arcos que no tienen otra función que decir en voz alta que aquí vivió alguien que triunfó lejos. La Casa-Torre de Palacio, la del Conde de Limpias o la Casa-Lonja del Rivero son solo algunos nombres de un conjunto que convierte pasear por el pueblo en leer, sin darte cuenta, una crónica de la emigración cántabra a las Américas.
El Palacio de Eguilior, hoy Parador
El edificio más grande de Limpias no es la iglesia, es el antiguo Palacio de Eguilior, construido a principios del siglo pasado como residencia de verano de Alfonso XIII. El rey venía aquí a descansar entre jardines cuidados, y el palacio pasó después por etapas bien distintas: sirvió como hospital y, más adelante, incluso como prisión, antes de convertirse en el Parador Nacional que es hoy. Se puede entrar sin ser huésped, pasear por los jardines extensos, tomar algo en el bar o simplemente asomarse al vestíbulo para hacerse una idea de cómo vivía la realeza cuando venía a Cantabria a huir del calor de Madrid. Es, junto con el Cristo de la Agonía, la otra gran razón por la que mucha gente que no es de aquí conoce el nombre de Limpias.
Paseo de la ría hasta el Rivero
El paseo junto a la ría es donde Limpias respira a su ritmo real, lejos de la solemnidad de la iglesia y del lujo del Parador. Es un camino llano, flanqueado por casitas con flores en los balcones y pequeños huertos de frutales, que sigue el agua hasta el Puerto del Rivero, antiguo muelle que en su día tuvo tanto tráfico naval como cualquier puerto de la Cantabria oriental. Por el camino se cruza un pequeño Museo Naval al aire libre, y con marea alta es fácil ver a los chavales del Club de Piragüismo entrenando sobre el agua quieta. Al atardecer, cuando el sol pega de lado sobre la ría y las casas del muelle se reflejan en el agua, este paseo es de los mejores momentos que ofrece el pueblo, y de los menos fotografiados.
Excursiones por el valle del Asón
Limpias no se entiende sola, forma parte de un valle que merece explorarse entero. A un paso está Ampuero, con sus propios palacios de indianos y sus encierros de fiestas. Un poco más al interior, Ramales de la Victoria y las cuevas prehistóricas de Covalanas, con pinturas rupestres declaradas Patrimonio de la Humanidad. Hacia la costa, a menos de diez kilómetros, Laredo pone a disposición del viajero la playa de La Salvé, una de las más largas y mejor cuidadas del Cantábrico. Limpias funciona, en la práctica, como una base tranquila desde la que moverse por el valle del Asón sin perder ni el mar ni la montaña de vista, y sin las multitudes que sí encuentra uno en los pueblos costeros más conocidos.