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Colegio de San José de las hijas de la cruz

monumento en Limpias

Colegio de San José de las hijas de la cruz, Limpias

El Colegio de San José de las Hijas de la Cruz tiene sus orígenes en la primera mitad del siglo XIX. En 1861, los hermanos Juan Manuel y Felipe Lombera construyeron una casa particular en la calle Atalaya, que con el tiempo pasó a manos de los Señores Mardones, quienes decidieron ceder la propiedad a las Hijas de la Cruz para establecer un centro educativo. En 1862, el colegio comenzó a funcionar como internado, introduciendo en la región una pedagogía avanzada para la época, lo que permitió que se destacara y prosperara hasta 1995.

Durante su período como centro educativo, el colegio se consolidó como una institución de vanguardia en la enseñanza y fue reconocido por la calidad educativa que ofrecía a sus estudiantes. Sin embargo, en 1995, cerró sus puertas como institución educativa. Años más tarde, en 1999, las religiosas decidieron ceder el inmueble al Gobierno de Cantabria, que lo transformó en una residencia para personas mayores, con la inauguración oficial de este nuevo uso en 2011.

Hoy en día, el edificio, que conserva su estructura original de planta rectangular, tres pisos y un ático abuhardillado, sigue siendo un símbolo de la tradición educativa de la región, aunque ahora como un centro dedicado al cuidado y bienestar de los mayores.

El edificio no se asienta en el Rivero, lo ocupa. Su presencia anula la escala de las casas de pescadores que intentan flanquearlo. Al aproximarse, la piedra de sillería levanta un muro que no solo sostiene el tejado, sino que detiene el viento que sube desde el Asón. El suelo aquí no pertenece al pueblo; es una extensión de una voluntad externa que obliga a que el cuerpo se recoja, a que el cuello se curve hacia arriba para buscar el final de la cornisa y a que el paso pierda la inercia del paseo para adoptar la rigidez de la entrada a un recinto de clausura.

La estructura es el resultado de una fractura geográfica irreversible ejecutada en 1898. Lo que hoy es un patio de recreo y muros de contención fue, hasta esa fecha, una red de huertas y servidumbres de paso que conectaban el núcleo urbano directamente con el lodo de la marea. La llegada de la congregación y la transformación de la residencia de Albox no fue un cambio de uso, fue un cierre de fronteras: se amputó el acceso natural al agua para crear un ecosistema cerrado de jerarquía y silencio. Ese corte se siente en el ángulo muerto que genera el edificio, una sombra larga que obliga a la carretera a desviarse, rompiendo la línea recta de la costa para rodear el privilegio de la institución.

Al superar el límite de la propiedad en dirección al puerto, la tensión en los hombros desaparece. El edificio deja de ejercer su presión gravitatoria sobre el caminante. El horizonte vuelve a abrirse y el asfalto recupera el ritmo irregular de la ribera, liberando al visitante de la vigilancia de los ventanales altos que, a la espalda, siguen custodiando el trozo de pueblo que el colegio decidió quedarse para siempre.

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