Ermita de San Roque
iglesia en Limpias
La Ermita de San Roque, tiene una historia que se remonta a principios del siglo XVIII. Aunque la ermita original se encontraba en una ubicación algo más elevada, en 1757 se decidió reconstruirla en su posición actual, en un cruce de caminos públicos, para mejorar su acceso a los fieles. Esta obra fue encargada a Juan del Palacio Helguero y costó un total de 1066 reales.
El diseño de la ermita es bastante singular, destacándose su capilla mayor de planta coadrangular, que presenta una forma alargada bajo una bóveda de arista que crea un techo cruzado. La nave tiene una cubierta de madera y sus paredes están construidas en mampostería, reforzadas con sillares en las esquinas para dar estabilidad. La portada de la ermita, también construida en cantería, está decorada con un arco capanel sostenido por pilastras de estilo toscano y rodeada por un pretil o murete. Este diseño permite la devoción exterior desde el cruce de caminos, lo que añade una dimensión especial a la ermita, haciendo que la gente pueda participar en las celebraciones desde fuera.
Un elemento de gran importancia en la ermita es su retablo neogótico, que alberga una imagen de San Roque del siglo XVII, atribuida a García de Arredondo. Esta figura es central para la devoción de la comunidad, especialmente el día de San Roque, cuando se lleva a cabo una procesión en su honor. Durante la festividad, los asistentes cantaban unas estrofas tradicionales para invocar la protección del santo contra las plagas y enfermedades.
La espadaña, situada sobre la ermita, alberga las campanas, y la sacristía adosada a la capilla mayor se utiliza para el almacenamiento de objetos litúrgicos. La ermita, a través de su arquitectura y su contenido devocional, sigue siendo un pilar espiritual y cultural de Limpias, consolidándose como un lugar destacado para la comunidad.
Citas populares:
El día de San Roque, durante la procesión, se cantaban estrofas como estas, que han sido transmitidas por los más ancianos de la localidad:
«Ermita de San Andrés.
Pues médico eres divino
con prodigiosas señales,
líbranos de peste y males
Roque santo «pelegrino».
Entre ayunos y asperezas
tan temprana vida empiezas.
Eres niño y eres santo.
¡Oh, qué felices destinos enseñaste a los mortales!
líbranos de peste y males
Roque Santo «pelegrino».
Pues de la peste abogado
eres por tu intercesión
esta afligida nación
que siempre te ha venerado
peregrino y pobre sales.
Líbranos de peste y males
Roque Santo, pelegrino.»
Este himno recuerda la intercesión de San Roque como protector contra las enfermedades y su conexión con los más necesitados.
La ermita de San Roque no se ofrece al caminante, lo intercepta. Al llegar al nudo de caminos, la arquitectura de mampostería obliga a un desvío físico del cuerpo; no se puede ignorar la masa de piedra que vigila el ángulo de visión. El espacio se vuelve denso y el aire se detiene tras el murete que protege el acceso. El visitante experimenta la rigidez de un diseño que no fue pensado para la acogida, sino para la segregación: una estructura que impone una distancia de seguridad infranqueable entre el interior sagrado y el polvo del camino.
El lugar es el resultado de una maniobra de repliegue defensivo ejecutada en 1757. Se abandonó la ubicación elevada en el castañal —un refugio inútil contra la humedad y el olvido— para blindar el acceso al pueblo. La decisión de bajar el santo al cruce fue un acto de urbanismo de emergencia; se construyó un locutorio de piedra donde la devoción se ejercía de forma quirúrgica. Los balaustres y el pretil no son adornos, son los restos de una frontera sanitaria que permitía ver sin tocar y orar sin contagiar. Es una arquitectura de sospecha que convirtió el derecho de paso en una pausa obligada bajo la mirada de un santo protector contra la peste.
Al rebasar la vertical de la espadaña, el peso de la piedra cede. El cuerpo se libera de la embocadura del arco carpanel y el paso recupera su cadencia original al adentrarse en el trazado abierto. A la espalda queda la ermita, estática y vigilante, como un tapón de sillería que sigue custodiando el flujo de los siglos, recordando que en este punto el territorio decidió, hace tiempo, que nadie pasaría sin reconocer la autoridad de su frontera.
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